miércoles, 17 de marzo de 2010

VIVIR CRISTIANO: ¿DEBERÍA AYUNAR?

“Mas tú, cuando ayunes, úntate la cabeza [con aceite] y lávate el rostro”

— Mateo 6:17 —

Vamos ya varias semanas desde que empezó la “cuaresma”, celebración de la cristiandad cuyo supuesto fundamento son los cuarenta días que Jesús ayunó mientras estaba en el desierto, tras ser bautizado. Durante la cuaresma, muchas personas devotas se toman en serio el deber de ayunar y a veces toman solo una comida por día desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Pascua (Domingo de resurrección). Por esta razón, mientras nos acercamos a la “Semana Santa” es probable que en el ministerio del campo alguna persona sincera pregunte si los cristianos debemos ayunar, ¿qué respondería usted? ¿Entiende usted lo que la Biblia enseña al respecto?

La ley mosaica estipulaba que el Día de Expiación, es decir, el 10 de Tisrí (Septiembre/Octubre) los israelitas debían ayunar, esto les recordaba sus condición como pecadores y la necesidad de la redención (Levítico 16:29-31). Pues bien ¿qué hay de los cristianos al respecto? Jesús dijo: “Cuando ayunen, dejen de ponerse de rostro triste como los hipócritas, porque ellos desfiguran su rostro para que a los hombres les parezca que ayunan” (Mateo 6:16). Estas palabras indican que los discípulos de Jesús ayunaban, pero, ¿por qué? Porque estaban bajo la ley mosaica, que exigía el ayuno. Sin embargo, la condición de los discípulos de Cristo con relación a la Ley de Moisés cambió al morir Jesús el 14 de Nisán de 33 E.C. El apóstol Pablo dijo respecto a la ley: “Cristo, por compra, nos libró de la maldición de la Ley” (Gálatas 3:13). Sí, al morir Jesús en el madero de tormento, simbólicamente murió el pacto de la ley mosaica, y, por lo tanto, los cristianos ya no estaban bajo ese pacto y sus leyes. Entonces es removida la ley del ayuno también. ¿Indica esto que ayunar está prohibido para los cristianos?

Al leer las escrituras Griegas Cristianas notamos que, aunque los cristianos ya no estaban obligados a guardar la ley del ayuno, hubo ocasiones en que ayunaron algunos. Por ejemplo, Bernabé, Symeón, Lucio y Saulo (el apóstol Pablo) ayunaron mientras ‘ministraban públicamente a Jehová’ (Hechos 13:2). Este ayuno no se efectuó durante el Día de Expiación, así que el ayuno de ellos era voluntario y no porque estuvieran obligados a acatar una ley. Esto nos muestra que, si bien “Cristo, por compra, nos libró […] de la ley” y el ayuno, nunca prohibió a sus seguidores ayunar.

Puede haber ocasiones en que un cristiano decida ayunar; pongamos como ejemplo a un cristiano que cometió un pecado grave pero está sinceramente arrepentido, su angustia y la oración ferviente en busca de perdón pudiera hacer que perdiera el apetito. O, como algunos cristianos del siglo primero, los hermanos que llevan la delantera pueden “ayunar” antes de tomar decisiones importantes. En todo caso, ¿debe usted ayunar?

La Biblia no prohíbe el ayuno para nosotros, pero tampoco nos manda hacerlo, así que si usted desea ayunar no está violando ninguna ley bíblica, así como si usted no ayuna tampoco está violando ningún mandato divino. Si va a ayunar pregúntese antes, ¿entiendo la razón por la cual ayuno? ¿Son mis motivos los correctos? En todo caso la decisión no es de nadie, más que suya. Sin embargo, si usted decide ayunar es preciso que siga con cuidado las palabras de Jesús en Mateo 6:16, 18 que dicen: “Cuando ayunen, dejen de ponerse de rostro triste como los hipócritas, porque ellos desfiguran su rostro para que a los hombres les parezca que ayunan. En verdad les digo: Ellos ya disfrutan de su galardón completo. Mas tú, cuando ayunes, úntate la cabeza [con aceite] y lávate el rostro, para que no les parezca a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en lo secreto; entonces tu Padre que mira en secreto te lo pagará”. A nadie le interesa si usted ayuna o no, así que si decide hacerlo debe tener cuidado de no hacerlo para que otros lo vean o de andarlo contando, si así lo hace podrá tener la seguridad de que ‘su Padre que está en lo secreto se lo pagará’.

El tema de la siguiente semana será “El diezmo y los cristianos verdaderos”

viernes, 12 de marzo de 2010

¿DEBEMOS ODIAR A LOS APÓSTATAS?

“Oh amadores de Jehová, odien lo que es malo”
— Salmo 97:10 —



La semana pasada tratamos el tema de la apostasía y cuán peligrosa puede resultar. Sabemos que estas personas que ‘se adelantan y no permanecen en la enseñanza del Cristo’ son anticristos e hijos del Diablo, y por lo tanto no deberíamos darles siquiera “un saludo. Porque el que le dice un saludo es partícipe en sus obras inicuas” (2 Juan 9, 10; 1 Juan 2:18, 19). Ahora bien, la situación podría tornarse difícil cuando un familiar o un amigo íntimo cae en el lazo del Diablo y se rebela contra Jehová y su organización. ¿Cómo deberíamos actuar y cómo deberíamos ver a los apóstatas?

Sabemos cómo debemos tratar a quienes abandonan la congregación, sea por que renuncian a su posición como miembros de la congregación por escrito o por acciones y palabras, o porque ha cometido un pecado grave, no se ha arrepentido y tiene que ser expulsado de la congregación. El apóstol Pablo dijo: “cesen de mezclarse en la compañía de cualquiera que, llamándose hermano, sea fornicador, o persona dominada por la avidez, o idólatra, o injuriador, o borracho, o que practique extorsión, y ni siquiera coman con tal hombre” (1 Corintios 5:11). Notemos la expresión “cualquiera”; el apóstol no indicó que habría excepciones, ni siquiera con los familiares, mucho menos con los amigos que no tienen ningún parentesco consanguíneo. Es obvio que habrá ocasiones en que será necesario tratar con un pariente expulsado, pero el trato con esa persona debe mantenerse al mínimo si vive fuera de nuestra casa o no pertenece a nuestra familia inmediata. Si el pariente expulsado vive dentro de nuestro mismo hogar todavía, es lógico que no dejaremos de hablarle ni de tratar con él, pero nunca debemos olvidar que los lazos espirituales con esa persona se han roto por completo, pues esa persona ya no es amiga de Jehová. Es obvio que la apostasía no es menos grave que la fornicación ni que cualquier otro pecado grave, de hecho, es fornicación espiritual y es mucho más asquerosa y grave que la fornicación física. ¿Es nuestra posición ante los apóstatas exagerada? Por supuesto que no, y, de hecho, al actuar así demostramos nuestra lealtad a nuestro padre celestial. El amor a Jehová debe motivarnos a odiar lo que es malo ¿implica esto odiar a los apóstatas?

Jehová es justo y amoroso y nos instruye para nuestro propio beneficio, así que, ¿por qué dudar de sus normas expuestas con claridad en la Santa Biblia? Nadie que respete la Biblia se atrevería a contradecir los claros mandamientos de 2 Juan 9, 10 o 1 Corintios 5:11 ¿verdad? Aún así, los testigos de Jehová somos acusados de fomentar odio a los que en un tiempo fueron miembros de la congregación. Puesto que somos cristianos, seguimos el ejemplo de Jesús, y, ¿cómo reaccionó Jesús ante los líderes judíos, que en un tiempo pertenecieron al pueblo de Dios pero que negaban que él fuera el enviado de Jehová? Nunca dudó en llamarlos “prole de víboras” y de decirles que provenían de “su padre el Diablo”, también los llamó “ciegos” e “hipócritas” ¿indicaban estas palabras que Jesús, el reflejo perfecto de un Dios que personifica el amor, odiaba a estas personas? Todo depende del punto de vista desde el cuál entendamos la palabra “odio”.

Puesto que Jesús amaba a Jehová obedecía con celo el mandato del Salmo 97:10 de ‘odiar lo que es malo’. EL Diccionario Expositivo de Palabras del Antiguo Testamento de W.E. Vine indica que la palabra hebrea (el idioma que Jesús hablaba) para “Odio” (Heb. שׂנא, sane, la misma que usa el Salmo 97:10) puede referirse a “’ser enemigo’ de algo o alguien” o rechazar algo. En ese sentido Jesús “odiaba” a esos líderes hipócritas, aunque no sentía “hostilidad intensa, una mala predisposición arraigada, a la que suele acompañar el rencor.” (Perspicacia para comprender las Escrituras, Tomo 1, página 517, it-1 517). Además él odiaba sus acciones, es decir que sentía “fuerte aversión, pero sin ninguna intención de hacer daño al objeto del odio, sino solo de procurar evitarlo debido a un sentimiento de repugnancia”. (it-1 517) Por esa razón él no reprimía sus duras denuncias contra esas personas. Esa misma actitud adoptamos los testigos hacia los apóstatas.

Puesto que los apóstatas son enemigos de Jehová, también deben ser nuestros enemigos y en ese sentido sentimos “odio” hacia ellos, es decir, los rechazamos así como Jesús rechazó a los líderes religiosos hipócritas. Sin embargo ese odio no es el mismo tipo de odio al que se hace referencia en Mateo 5:43 ni en 1 Juan 3:15. Más bien, sentimos una fuerte aversión, no hacia las personas apóstatas, sino hacia sus acciones asquerosas y las evitamos “debido a un sentimiento de repugnancia”.

Entendiendo el significado de la palabra “odio” podemos responder a la pregunta: “¿Debemos odiar a los apóstatas?”, la respuesta es: Debemos sentir odio piadoso hacia ellos y asco hacia sus acciones.

Debemos ser equilibrados al ver este asunto. Nunca deberíamos sentir odio destructivo hacia ellos, es decir, “hostilidad intensa, una mala predisposición arraigada, a la que suele acompañar el rencor. Tal odio puede convertirse en un sentimiento corrosivo que intenta hacer daño al objeto de su odio” (it-1 517). El ver de forma apropiada a los enemigos de Jehová nos ayudará a aplicar fácilmente el consejo de bíblico de “amar al prójimo como a uno mismo” y ‘amar a nuestros enemigos’ pero al mismo tiempo compartir las palabras del Salmo 139:21, 22 que dice: ¿No odio yo a los que te odian intensamente, oh Jehová, y no me dan asco los que se sublevan contra ti? De veras los odio con un odio completo. Han llegado a ser para mí verdaderos enemigos” (Mateo 5:44; Marcos 12:33).

miércoles, 3 de marzo de 2010

¿ES, REALMENTE, PELIGROSA LA APOSTASÍA?

“Por [su] boca el que es apóstata arruina a su semejante”
— Proverbios 11:9 —


En el pasado hemos tratado en parte este tema, pero es posible que haya quién se pregunte qué es la apostasía y quiénes exactamente son apóstatas. ¿Son personas inicuas? ¿Son peligrosos? ¿Se ‘sientan en la mesa de los demonios’? Hablaremos de nuevo sobre este tema.

Como ya hemos aclarado anteriormente —y todos los testigos deberíamos saberlo— los apóstatas son las personas que se rebelan contra la verdad. La palabra griega αποστασια (apostasía) significa literalmente “apartarse de”. Al respecto el Diccionario Expositivo de Palabras del Nuevo Testamento de W.E. Vine dice: “la apostasía significa el abandono y rechazo de la fe”. Ese es el sentido que los testigos de Jehová damos a la palabra “apostasía”. Así que un apóstata es un individuo que abandona nuestra fe mediante acciones o palabras. Por supuesto que el término “apóstata” no es denigrante en ningún sentido, si no que es el término más apropiado para identificar a estas personas. Lamentablemente la mayoría de apóstatas no abandonan la verdad en silencio si no que atacan a sus antiguos hermanos y difunden —en muchos casos— hechos fuera de contexto y peor aún, verdades a medias o descaradas mentiras a fin de apartar de la fe a los miembros fieles de la congregación (Lea Mateo 24:48-51). Aclarado quiénes son los apóstatas respondamos a la primera pregunta planteada en el primer párrafo: ¿Son personas inicuas?

El Diccionario de la Real Academia de Lengua Española define el término “inicuo” como “Malvado, injusto”. Ahora bien ¿son personas malvadas los apóstatas? En la mayoría de los casos no, al menos como personas. Una persona puede ser buena sin ser testigo de Jehová, así como un apóstata puede ser honrado, gentil, bondadoso y pacífico. Sin embargo, esto no indica que no son personas peligrosas, ¿en qué sentido? Respondamos a la segunda pregunta del primer párrafo ¿Son peligrosos?

Para responder a esta pregunta recordemos al primer apóstata: Satanás el Diablo. Nadie diría que Jehová Dios estaba equivocado, aún así Satanás abandonó la verdad por conveniencia propia, ¿la razón? Jesús dijo: “No permaneció firme en la verdad, porque la verdad no está en él” (Juan 8:44). Satanás no se quedó contento con abandonar él solo la organización de Jehová, seguramente influyó para que otros ángeles que habían sido fieles se rebelaran contra su creador y abandonaran su organización celestial (Judas 6). ¿Cuál será el futuro de este rebelde y de aquellos que se dejaron influenciar por él? El apóstol Pedro dijo: “Ciertamente si Dios no se contuvo de castigar a los ángeles que pecaron, sino que, al echarlos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad para que fueran reservados para juicio” (2 Pedro 2:4). Ahora ellos están esperando la ejecución de ese juicio condenatorio, por lo cual están furiosos pues al final significará su destrucción eterna (Revelación 12:12; 20:10). ¿Les espera menos a los apóstatas modernos? ¿Quiere usted tener ese final tan fatal? Como es obvio que no, ¡nunca se deje influenciar por la apostasía! Ni siquiera lea o vea información de ellos por curiosidad ¿Por qué no? Un dicho popular dice: “La curiosidad mató al gato”, y en muchos casos resulta ser cierto eso. La información apóstata no solo socava la fe en la organización terrestre de Jehová, en vez de edificar una fe fuerte en Jehová, sus promesas y su palabra más bien la destruye; no lo acerca a Jehová, más bien lo aleja de él. Es lógico que ellos no le darán a usted información que les salve la vida, porque al igual que Satanás y sus demonios, espiritualmente están en “hoyos de densa oscuridad” y como dijo Jesús: “Un ciego no puede guiar a un ciego, ¿verdad? Ambos caerán en un hoyo, ¿no es cierto?” (Lucas 6:39). Si cerramos los ojos a los peligros de la apostasía y dejamos que la curiosidad nos lleve a ella, ¿no estamos haciéndonos “ciegos” a propósito? Y si estamos ciegos, ¿cómo podrían guiarnos otras personas ciegas a un lugar apropiado? ¿Acaso no nos harían caer en un ‘hoyo de densa oscuridad’ espiritual? ¿Acaso queremos alimentarnos de la “comida” que ellos sirven, en vez de sentarnos en “la mesa de Jehová” en donde abunda el alimento espiritual de calidad? (Isaías 25:6-8). Eso nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Se ‘se sientan a comer ellos en la mesa de los demonios’?

“No pueden estar participando de ‘la mesa de Jehová’ y de la mesa de demonios” dijo el apóstol Pablo (1 Corintios 10:21). Eso nos recuerda algo: No podemos alimentarnos de ambas mesas, pero si no nos alimentamos de una, obligatoriamente nos estamos alimentando de la otra. ¿De qué mesa se alimentan los apóstatas? Para saberlos veamos qué dice la Biblia sobre ellos. Hablando del anticristo (o, mejor dicho, los anticristos) el apóstol Juan dijo: “Ellos salieron de entre nosotros, pero no eran de nuestra clase; porque si hubieran sido de nuestra clase, habrían permanecido con nosotros” (1 Juan 2:18, 19). Así que ellos en un tiempo se alimentaron de la mesa de Jehová, pero como ‘no son de nuestra clase’ ahora ya no se alimentan de la mesa de Jehová, y al no hacerlo, obligatoriamente comen de la mesa de los demonios, ellos son su fuente de alimento espiritual. Eso se confirma con las palabras de Jesús: “El que no está de mi parte, contra mí está” (Lucas 11:23). Así que quien ya no está del lado de Jehová, su hijo y su organización, está contra él y por lo tanto, está del lado de Satanás. Ellos llegan a ser hijos de Satanás y enemigos de Jehová (Compare con Juan 8:44a y lea 1 Juan 3:10).

Así que “alimentarnos”, es decir, leer y ver la información difundida por los apóstatas equivale a sentarnos a comer en la mesa de los demonios. ¡Qué acción tan asquerosa! Si queremos agradar a Jehová ¿por qué mezclaros con sus peores enemigos? ¡Nunca abandonemos la fe que hemos adquirido! Al igual que los millones de ángeles que permanecieron fieles a Jehová, odiemos lo que es malo y rechacemos con firmeza y convicción el alimento Satánico que se difunde por todos los medios posibles.

Para más información sobre el tema lea la entrada “¡Cuidado con los apóstatas!”.

La siguiente semana trataremos el tema “¿Debemos odiar a los apóstatas?”, basado en Salmo 139:21, 22.

lunes, 22 de febrero de 2010

PROFECÍAS: SI LA MUERTE ANULA EL MATRIMONIO, ¿QUÉ PASARÁ EN LA RESURRECCIÓN?

“Los que han sido considerados dignos de ganar aquel sistema de cosas y la resurrección de entre los muertos ni se casan ni se dan en matrimonio”

— Lucas 20:35 —

Es razonable plantearse esa pregunta. Cuando las personas se casan generalmente usan la frase “Hasta que la muerte nos separe”, ¿es así? En realidad sí, pues el apóstol Pablo escribió: “La esposa (o el esposo) está atada durante todo el tiempo que su esposo (o esposa) vive” (1 Corintios 7:39a). Según esas palabras el matrimonio acaba al morir alguno de los dos cónyuges, por eso, al anularse el matrimonio el cónyuge sobreviviente puede volver a casarse, pues el apóstol Pablo escribió: “Pero si su esposo se durmiera [en la muerte], está libre para casarse con quien quiera, [pero] solo en [el] Señor” (1 Corintios 7:39b).

Pensemos en un caso real: Martha tenía una relación sentimental con un hombre casado llamado George antes de estudiar la Biblia, el hombre quería casarse con Martha pero murió en un accidente antes de obtener el divorcio. Cuando Martha aprendió la verdad bíblica y la esperanza de la resurrección comentó: “Cuando George resucite no me buscará a mí si no a su esposa”. ¿Era acertada la idea de Marta? Veamos:

Tramposamente, los saduceos del tiempo de Jesús plantearon una pregunta muy interesante. Aunque ellos la hicieron con malos motivos, los que hoy leemos ese pasaje podemos aprender mucho. Ellos dijeron: “Maestro, Moisés nos escribió: ‘Si el hermano de algún hombre muere mientras tiene esposa, pero esta ha quedado sin hijos, su hermano debe tomar la esposa y levantar prole de ella a su hermano’. Pues bien, hubo siete hermanos; y el primero tomó esposa y murió sin hijos. Lo mismo el segundo, y el tercero la tomó. Igualmente los siete; no dejaron hijos, sino que murieron. Por último, la mujer también murió. Por consiguiente, en la resurrección, ¿de cuál de ellos llega a ser esposa?” (Lucas 20:28-33).

Al leer la pregunta, podríamos pensar que el primer esposo de la mujer es el esposo legal, con quién ella se unirá cuando resucite, pero la respuesta que dio Jesús nos deja mucho en qué pensar: “Los hijos de este sistema de cosas se casan y se dan en matrimonio, pero los que han sido considerados dignos de ganar aquel sistema de cosas y la resurrección de entre los muertos ni se casan ni se dan en matrimonio. De hecho, tampoco pueden ya morir, porque son como los ángeles, y son hijos de Dios por ser hijos de la resurrección” (Lucas 20:34-36).

Notemos una de las expresiones de Jesús: “Son como los ángeles” ¿indica esto que se refiere a la resurrección celestial? Por supuesto que los ungidos no tienen ninguna perspectiva de casarse pues serán espíritus, y entre los espíritus no hay distinción de sexos, ¿no se refiere a este hecho la expresión “son como los ángeles”? Absolutamente no. Aunque los ángeles pueden vivir eternamente son seres mortales, ¿cómo así? Pongamos como ejemplo a Satanás y sus demonios. Ellos son ángeles que por sí solos podrían ser eternos, pero serán destruidos pronto (Revelación 20:10). Pero a diferencia de los ángeles, los ungidos no pueden ser destruidos y aparentemente no dependen de una fuente externa de vida pues alcanzan la inmortalidad y la incorrupción (1 Corintios 15:53), así que los ungidos resucitados no llegan a ser como los ángeles, ellos son superiores a los ángeles. Entonces, ¿a qué se refiere cuando dice que los resucitados “son como los ángeles”? Pensemos en algún ser humano que pudiera vivir para siempre (es decir, no pudiera morir si así lo hubiera querido) pero que a la vez era un ser mortal. Hay dos, Adán y Jesús, ambos hombres tenían una condición similar a la de los ángeles pero vivían en la región terrestre. Si Adán no hubiera pecado no hubiera muerto, así que ‘no podía morir’, pero, ¿qué le hubiera pasado al perfecto hombre Adán si se hubiera caído de cabeza de 50 metros de altura? ¿Acaso era inmortal para que no le pasara nada? Por supuesto que no, él hubiera muerto. Este ejemplo ilustra la diferencia entre la “vida eterna” y la “inmortalidad”. ¿Significa esto que las palabras de Jesús en Lucas 20:34-36 aplicarán en la resurrección terrestre? Veamos:

Empecemos diciendo que los saduceos no creían ni en Jesús, mucho menos en la resurrección celestial, así que su pregunta no se enfocaría a “la primera resurrección”.

Además, aunque no hay razones para creer que el ejemplo que pusieron los saduceos sobre la mujer y sus siete esposos sea real, supongamos que lo fuera, ¿en dónde resucitarían estas ocho personas? Es lógico concluir que en la tierra, ¿por qué llegamos a esa conclusión? Porque el versículo 28 establece que era un matrimonio que se hallaba bajo la ley de Moisés, y ¿en en dónde resucitarán las personas que estuvieron bajo la ley de Moisés? En la tierra porque la esperanza celestial se empezó a dar hasta el pentecostés del año 33 E.C. unos meses después de que la ley de Moisés fuera abolida con la muerte de Cristo. Eso indica que las palabras de Jesús en donde dice que “ya no se casan ni se dan en matrimonio” aplicarían a estas ocho personas que resucitarían en la tierra.

Jesús también relacionó la resurrección con ganar “aquel sistema de cosas” lo que deja sin duda alguna que se refiere a la resurrección terrestre, pues la resurrección celestial empezó en 1918, antes de que viniera “aquel sistema de cosas”. (Para una explicación sobre el año 1918 y la “Primera resurrección” haga clic aquí).

Esto indica que no hay razón para creer que en la resurrección terrestre se vuelvan a unir los matrimonios. Es cierto que la Biblia no da detalles sobre cómo funcionará este hecho y por tales razones no entendemos cómo será realmente. Es posible que una persona cuyo cónyuge haya muerto aún guarde la esperanza de volver a unirse con él (o ella) en el paraíso. Aunque es un motivo noble no hay base bíblica para creer que eso será así, ¿es injusto eso? No, pues quien lo estableció fue Jehová Dios y él es el ser más sabio del universo y sabe qué es lo mejor para nosotros, además que no sabemos cómo exactamente será, así que no podemos decir que no nos producirá felicidad pues nunca hemos vivido situaciones similares. Sea como sea, podemos estar seguros de que el paraíso borrará todo dolor que actualmente pasemos y que todo lo que suceda allí será para nuestro disfrute y beneficio.

lunes, 15 de febrero de 2010

MOSTRANDO EL DEBIDO RESPECTO A LA AUTORIDAD EN LA CONGRAGACIÓN

Sean obedientes a los que llevan la delantera entre ustedes

— Hebreos 13:17 —

Habían pasado solo dos meses con quince días desde que los israelitas habían atravesado el mar rojo de forma milagrosa cuando empezaron a murmurar contra Jehová. Medite en esto y pregúntese, “¿Habría murmurado yo en contra de Jehová después de haber desplegado tan gran poder?” Seguro su respuesta será un rotundo No.

Aunque no hemos visto milagros tan físicos y grandiosos como las diez plagas de Egipto y la división del mar rojo sí hemos sido testigos de milagros tales como la unidad de mente y el amor que se muestra en toda nuestra hermandad mundial compuesta por millones de personas de diferentes antecedentes, razas, pueblos, naciones, idiomas y condiciones sociales ¿Acaso es poco eso en este mundo dominado por el odio, la desigualdad y la intolerancia? Pues bien, ¿murmuraría usted contra Jehová? Seguro que no, pero todos estamos expuestos a una forma de murmuración menos obvia pero igual de peligrosa: la murmuración contra la autoridad de la congregación.

Pero, ¿es tan grave la murmuración? Sí, y las Escrituras Griegas Cristianas lo muestran. El discípulo Judas nos habla de personas que hablan contra el “señorío” y “los gloriosos”; ambas designaciones se refieren a los hombres que Jehová ha nombrado sobre el rebaño y que tienen cierto grado de autoridad sobre la congregación. Judas contrasta la actitud de estos murmuradores y la de Jesús (Miguel el Arcángel) quien “tuvo una diferencia con el Diablo y disputaba acerca del cuerpo de Moisés, [pero] no se atrevió a llevar un juicio contra él en términos injuriosos, sino que dijo: ‘Que Jehová te reprenda’” (Judas 8, 9). Si Miguel, siendo el hijo de Dios, el “jefe de ángeles” y el defensor de la soberanía de Jehová no se atrevió a hablar en términos injuriosos contra Satanás, siendo este el principal enemigo de la gobernación divina ¿Quiénes somos nosotros para murmurar en contra “los gloriosos”, hombres imperfectos que se esfuerzan por hacer la voluntad de Jehová y que han recibido puestos de responsabilidad en la congregación? Simplemente no somos nadie para tomarnos ese derecho.

De las personas que se toman esas libertades el discípulo Judas dice: “Sin embargo, estos [hombres] están hablando injuriosamente de todas las cosas que realmente no conocen; pero [en cuanto a] todas las cosas que sí entienden naturalmente como los animales irracionales, en estas cosas siguen corrompiéndose” (Judas 10). ¿Cómo podríamos caer en ese error? Pongamos como ejemplo algo común: Los comités judiciales. ¿Qué pasa cuando un familiar o amigo nuestro es censurado públicamente o es expulsado de la congregación por algo que nosotros no consideramos tan grave? ¿Murmuramos contra los ancianos del comité y decimos que fue injusto? O si sucede todo lo contrario, es decir, que se censura a alguien públicamente por algo que consideramos muy grave, ¿nos preguntamos asombrados y con un poco de cinismo “¿y solo una censura?”? Sea como sea, no tenemos el derecho de hablar de eso, ¿por qué? Porque en la reunión con el comité judicial se tratan cosas con el implicado que realmente no conocemos, ni conocemos la actitud del corazón del implicado y tampoco sabemos si el pecado que conocemos es el único que cometió o hubo otros asuntos que arregló con el comité judicial. Si habláramos de asuntos judiciales contradiciendo las decisiones de los ancianos, entonces nos asemejaríamos a “animales irracionales”, tal como la palabra de Dios indica. El discípulo Judas continúa diciendo: “¡Ay de ellos, porque han ido en la senda de Caín, y por la paga se han precipitado en el curso erróneo de Balaam, y han perecido en el habla rebelde de Coré!”, también dice: “Estos hombres son murmuradores, quejumbrosos respecto a su suerte en la vida, que proceden según sus propios deseos, y su boca habla cosas hinchadas, a la vez que están admirando personalidades en el interés de [su propio] provecho” (Judas 11, 16).

Seguramente, no nos gustaría que otras personas se refirieran a nosotros en esos términos. Entonces, ¡no nos hagamos como esa clase de gente que murmura contra la autoridad de la congregación!

El apóstol Pedro también habló de eso al decir: “Osados, voluntariosos, estos no tiemblan ante los gloriosos, sino que hablan injuriosamente, mientras que los ángeles, aunque son mayores en fuerza y poder, no presentan contra ellos acusación en términos injuriosos, [lo cual no hacen] por respeto a Jehová. Pero estos [hombres], como animales irracionales nacidos naturalmente para ser atrapados y destruidos, hasta sufrirán —en las cosas que ignoran y de las cuales hablan injuriosamente— destrucción en su propio [derrotero de] destrucción, haciéndose mal a sí mismos como paga por hacer el mal. […] Son manchas y tachas, que se entregan con desenfrenado deleite a sus enseñanzas engañosas […,] no pueden desistir del pecado, y cautivan almas inconstantes. […] Son hijos malditos” (2 Pedro 2:10-14). ¡Qué palabras tan fuertes!

Jehová, en su gran amor, nos advierte de esa clase de personas —como los apóstatas— y nos anima a no imitar su “derrotero de destrucción”, así que determinémonos a no rebajarnos a ese nivel, sino a tener siempre la aprobación de Jehová siguiendo con lealtad las instrucciones y dirección que nos da mediante los hombres que ha nombrado.

En vez de fijarnos detenidamente en los defectos de estos hombres, veamos sus cualidades y de qué forma cumplen su papel como “dádivas en hombres” (Efesios 4:8). Es cierto que habrá veces en que nos costará seguir sus instrucciones, pero es entonces cuando entra la sumisión en juego, y el apóstol Pablo nos exhorta: “Sean obedientes a los que llevan la delantera entre ustedes, y sean sumisos, porque ellos están velando por las almas de ustedes como los que han de rendir cuenta; para que ellos lo hagan con gozo y no con suspiros, por cuanto esto les sería gravemente dañoso a ustedes” (Hebreos 13:17). Si usted ve mal las acciones de algún anciano de su congregación, también concordará en que se deben a su imperfección, y que sea como sea se está esforzando por servir al rebaño y que tiene hermosas cualidades, cualidades que Jehová vio y por las cuales está sirviendo como “pastor” del “rebaño de Dios”.

Y si realmente pensamos que algo anda mal en el cuerpo de ancianos de nuestra congregación, evitemos la murmuración y dejemos las cosas en las manos de Jehová, quien promete remover a los “pastores falsos” (Ezequiel capítulo 34). Hacerlo así nos traerá el favor de Jehová y demostrará que somos leales a él y su gobernación. Mientras que los rebeldes serán destruidos —al igual que Coré y Satanás—, los leales a Jehová y su organización podrán disfrutar por toda la eternidad en paz, siendo guiados por el “pastor excelente” a la perfección, la eternidad y la felicidad.